Declaración de fe

  • Afirmamos que nuestra fe descansa en la autoridad absoluta de las Sagradas Escrituras inspiradas por Dios que son nuestra única fuente de doctrina y vida cristiana (2 Ti. 3:16; 2 P. 1:21).
  • Afirmamos que las Sagradas Escrituras nos llaman a luchar por la fe una vez dada a los santos. Esta fe es sana por su fuente y su alcance, y es deber de la Iglesia sostenerla y defenderla. Debemos hacerlo con vehemencia inclaudicable en lo esencial y estar muy abiertos para dialogar sobre aspectos secundarios a la misma. (Jud. 3; 1 Ti. 3:15).
  • Afirmamos que las Sagradas Escrituras deben ser correctamente interpretadas de conformidad con los principios hermenéuticos elementales que incluyen el conocimiento del entorno socio-cultural de los destinatarios originales, así como el contexto inmediato de los pasajes. Toda actualización del sentido de las Sagradas Escrituras, ya sea por tipología, simbología, analogía o alegoría, debe respetar y estar de conformidad con la enseñanza general de todas las Escrituras, reconociendo que han sido reveladas progresivamente alcanzando su cumplimiento y plenitud en Jesucristo y por ende en las escritos novotestamentarios. Las Sagradas Escrituras son divinamente inspiradas, infalibles e inerrantes pero no así su interpretación (He. 1:1-2; Tit. 2:1; 2 P. 1:19-21).
  • Afirmamos que la soberanía de Dios incluye su dominio, autoridad suprema, y que El puede decidir hacer lo que quiera y cuando quiera, permitiendo todo aquello que avance sus planes eternos y que no sea contrario a su carácter, por lo cual no podemos manipularle con exigencias, dádivas, oraciones ni condiciones por más que lo intentemos (Hch. 4:24; 1 Ti. 3:13-16; Jud. 4; Sal. 115:3; Sal. 135:6; Jn. 5:30; Jn. 6:38).
  • Afirmamos que la gracia de Dios, es el favor inmerecido de Dios hacia la humanidad, y es la fuente de nuestra salvación y de todas sus bendiciones (Ef. 2:8; Tit. 2:11; Ro. 3:4; Hch. 15:11).
  • Afirmamos que la salvación es un regalo de Dios para el ser humano que se hace efectiva cuando la persona se arrepiente poniendo su fe en Jesucristo. La salvación es dada por gracia sin que medie obra alguna del ser humano, ya que el sacrificio de Jesucristo es suficiente para expiar nuestros pecados. Por eso, la salvación y sus beneficios no se pueden comercializar puesto que Cristo pagó una sola vez y para siempre por nosotros (Jn. 3:16; Ef. 2:8-9; Ro. 1:16; He. 10:12).
  • Afirmamos que como resultado de nuestra salvación por la gracia de Dios recibimos la justificación, la regeneración, la adopción, la santificación inicial, la plenitud del Espíritu Santo y la glorificación, que nos permite vivir en novedad de vida bajo el cuidado y provisión amorosa del Padre celestial derramando sobre nosotros la sanidad divina, la prosperidad integral y la protección de los enemigos, dentro de un ambiente de fe, amor y obediencia constante como creyentes (Ro. 5:1; 1 Co. 1:29).
  • Afirmamos que la oración es el medio por el cual nos podemos comunicar directamente con Dios. La oración demuestra nuestra dependencia de Dios como sus hijos y por su medio le podemos exaltar y alabar, darle gratitud e interceder por las necesidades de nuestros semejantes y las propias. Estamos convencidos que debemos estar orando en todo tiempo; que la oración de fe salvará al enfermo; que Dios oye la oración de los justos y que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye, y si sabemos que él nos oye en cualesquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho (Ef. 6:18; Fil. 4:6; Stg. 5:15; Pr.15:29; 1 Jn. 5:14-15).
  • Afirmamos que las ofrendas deben ser una demostración de un corazón agradecido que reconoce que todo lo que poseemos proviene de la mano de Dios. Las ofrendas deben ser presentadas a Dios voluntariamente y utilizadas para el avance de su reino. Las ofrendas no deben ser usadas como medios para comprar favores de Dios o para querer enriquecerse con ellas. Todo creyente es un mayordomo de lo que Dios le da y tendrá que darle cuentas por ello (Sal.145:16; Ef. 1:3; Gn.4:4; Sal. 96:8; Pr. 3:9).
  • Afirmamos que cuando existan diferencias entre nosotros debemos proceder de conformidad con lo establecido por nuestro Señor Jesucristo en Mateo 18:15-20 y así evitar llevar nuestras desavenencias ante quienes no comparten nuestra fe. Debemos perdonarnos mutuamente así como Dios nos perdonó en Cristo. No podemos ser ministros de la reconciliación sino mostramos la reconciliación entre nosotros (1 Co. 6:1-7; Ef. 4:32; 2 Co. 5:18-19).
  • Afirmamos que el propósito de Dios es que la Iglesia esté visiblemente unida en la verdad, dado que todos los cristianos provenimos de una sola simiente, por la cual se han reconciliado todos los pueblos en un solo cuerpo mediante la cruz. Nuestra unidad es nutrida por la diversidad y no debe identificarse con la uniformidad. Somos hermanos y hermanas en Jesucristo, y miembros cada uno de la familia de Dios. Tenemos un Dios triuno, Padre de todos, una mente en común que es la mente de Cristo unigénito y somos guiados por la persona del Espíritu Santo, edificados para morada de Dios en el Espíritu (Ef. 4:13; Gá. 3:16; Ef. 2:16; 1 Co. 12:4-31; Ef. 4:4; Fil. 2:5; Ef. 2:22).
  • Reconocemos que el Señor sigue levantando hombres y mujeres con ministerios y dones espirituales para edificación de la Iglesia y que hacemos bien al oir la voz de los siervos y siervas de Dios, pero toda profecía debe ser juzgada, así como el carácter y fruto del profeta. Además, existe el peligro de usar o invocar con ligereza y liviandad el nombre o la autoridad del Señor (1 Co. 11:29; 1 Ts. 5:20-21).
  • Reconocemos que el diablo y las fuerzas hostiles al reino de Dios tratan que nos enfrasquemos en discusiones y desavenencias internas que nos distraen de trabajar en el cumplimiento efectivo de nuestra misión, que incluye la proclamación del reino de Dios, el discipulado comprometido, el involucramiento de todos los creyentes en el cumplimiento de la tarea encomendada por Dios, el crecimiento integral, la celebración gozosa de la redención y la liberación de todas las ataduras (Ef. 6:12; 1 Co. 3:3; Ef. 4:11-16; Col.1:13-14).
  • Reconocemos que en el contexto de la postmodernidad en que vivimos, las formas de la religiosidad popular inducen al ser humano al sincretismo religioso, a la relativización de la verdad y la búsqueda del éxito inmediato sin consideraciones morales, nuestro mensaje cristiano debe seguir siendo bíblico y cristocéntrico, enfatizando en todas las actividades y prácticas de la Iglesia el fomentar el desarrollo integral de los creyentes como discípulos comprometidos con Jesucristo, con la iglesia local, con la unidad de la Iglesia y con la nación en la cual estamos inmersos, evitando toda forma posible de manipulación religiosa, incluyendo el mercantilismo religioso y la exaltación de los líderes religiosos en lugar del Príncipe de los pastores (2 Co.4:2; 2:17; 1 P. 5:2-4).